Los egipcios eran unos adelantados a su tiempo. Esta civilización poseía grandes conocimientos de ingeniería, agricultura y cosmología, amén de otras artes tremendamente cultivadas. Llevaron a cabo grandes obras arquitectónicas, como son las pirámides, que a día de hoy suponen un misterio para los científicos, que no acaban de comprender como fue posible que una civilización tan antigua, con los medios de que disponía en la época, pudiera erigir semejantes monumentos. Sin duda, los egipcios partían la pana por aquel entonces, y sus pirámides, aún hoy, son tremendamente admiradas.

Muchos años después, cuando del Antiguo Egipto ya sólo quedaban un montón de piedras viejuzas y unos huesos mondos en cajas, nació Abraham Maslow. Maslow era el primogénito de una familia de rusos judíos, que habían emigrado a EEUU. Se doctoró en Psicología, y en 1934 propuso la teoría sobre la motivación humana que le hizo famoso. Los judíos deben nacer con una estrella en el culo, porque no se explica de otra manera tanto éxito entre sus filas.

Menudo contraste. Unos construyendo pirámides durante años, con el esfuerzo de miles de esclavos, y otro pariendo ideas que parece ridículo que a nadie se le ocurrieran antes. Dos formas distintas de conseguir reconocimiento y prestigio, y de salir en los libros de texto.

La pirámide de Maslow no es de granito, y ni tan siquiera tiene una base sólida, pero se sigue enseñando en Sociología. Para algunos, no son más que unas directrices, pero hay gente que se vale de su teoría para intentar atraer a clientes potenciales y trabajadores hacia sus negocios o empresas. Trata de establecer un orden jerárquico, en el que para alcanzar un nivel de la pirámide, primero hay que satisfacer el anterior. Como cuando superas los niveles de un videojuego. Veamos pues.

Pirámide Maslow

El modelo clásico, que es el que tenemos aquí, sirve para representar nuestra situación en el trabajo.

En la base de la pirámide, tenemos las necesidades fisiológicas básicas, como pueden ser comer, dormir o fornicar. Aquí te sitúas cuando te contratan por cuatro perras y no tienes donde caerte muerto. Tu fin más inmediato es llenar la nevera, y tener un colchón para reposar tus huesos y compartir con otras personas, a ser posible del sexo opuesto, piel sedosa y larga melena.

En el número dos, se sitúan las necesidades de seguridad. Es decir, cosas como saber que tu trabajo no peligra, que te van a pagar todos los meses, o que, en el barrio en el que vives, un ex miembro del Ejército Serbio no se va a colar en tu casa y te va a sacar el corazón con un vaso de tubo.

Con respecto a estos dos primeros niveles, los expertos discrepan. La verdad es que yo también discreparía. Si me viera vendiendo libros para el Círculo de Lectores en la Frontera de Gaza, aunque me pagaran regularmente, no dudaría en venir a España con una mano delante y otra detrás. Aquí dejan entrar a cualquiera y seguro que un tanque israelí no me va a reventar los higadillos.

Una vez que el dinero entra regularmente en casa y empezamos a engordar, nos interesamos por eso de las necesidades sociales. Hablamos de la necesidad de sentirse aceptado e integrado en el grupo, de saber que los compañeros cuentan contigo para participar en el campeonato de fútbol sala de la empresa, de salir alguna que otra noche de farra con ellos y de que un pavo te rompa los dientes, porque Luis Gómez le ha tocado el culo a su novia… pero también hablamos de amor. Ojalá que la chica con la que fornicabas en un colchón mugriento cuando no eras nadie siguiera contigo, pero ella se marchó buscando un colchón más limpio. Quizá te veas una mañana con tres dientes menos por esta razón: buscabas el amor.

Vale, al final, la chica que te costó tres dientes, te dio su número, la llamaste, y su novio se perdió tras una espesa niebla, camino de algún club de alterne. Te han dado el alta y te han reconstruido la boca, y esa chica que antes era de otro ahora llena tus días y tu colchón nuevo. Una vez que has obtenido el beneplácito de compañeros y amigos… sientes de repente que tu jefe no te valora lo suficiente. Necesitas reconocimiento. Necesitas que tu jefe sepa valorar lo que haces por él y te premie como mereces. Quieres que sea capaz de tenerte en cuenta, y que te obsequie con un ascenso y un aumento de sueldo. Quizá también con una bella secretaria.

Pero, ¿y si lo consigues? Has alcanzado la cumbre. El éxito llama a tu puerta, el mundo se rinde a tus pies. Tu jefe se ha jubilado, y tú ocupas su lugar. Antes vivías bajo un techo de uralita, en un colchón raído y con olor a pis de gato, pero ahora posees un hermoso chalet en una zona residencial, con vecinos futbolistas a los que invitas de vez en cuando a una barbacoa en tu piscina. Sin embargo, no te sientes realizado. Siempre admiraste a Paul Gauguin, y te hubiera gustado seguir sus pasos. Sientes la necesidad de autorrealizarte. Sabes muy bien cuál será tu próximo paso. Mañana mismo presentarás tu dimisión y, ahora que puedes vivir de las rentas, dedicarás tu vida a intentar triunfar como artista.

Te deseo mucha suerte, y ojalá puedas cumplir tu sueño.

PD: Lanzando un guiño a nuestros amigos de Fresh Family Office, ellos se situarían sin lugar a dudas en la cúspide de la pirámide, y es por ello que ahora se preocupan más por hacer el bien y apadrinar linces ibéricos. Seguro que hasta han votado a Los Verdes. Enhorabuena por vuestro éxito, y a ver si recordáis que el 6 de junio cumplo años…

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